lunes, 30 de noviembre de 2015

Las raíces del conservadurismo campesino en México: el caso de la Mixteca Baja

Benjamin T. Smith, The roots of Conservatism in Mexico: Catholicism, Society, and Politics in the Mixteca Baja, 1750-1962, Alburquerque, University of New Mexico Press, 2012. Illustrations. Photographs. Maps. Tables. Graphs. Notes. Appendixes. Bibliography. Index. ix, 432 pp.

The roots of Conservatism in Mexico es un libro ambicioso y al mismo tiempo propositivo. Explora los orígenes y la permanencia de un catolicismo popular campesino que, mezclado con la política, está detrás de diversas sublevaciones que se dieron en distintas zonas del México rural en contra de los gobiernos liberales y secularizadores en los siglos XIX y XX.

La imagen del campesino católico y rebelde no ha sido extraña para la historiografía de tema mexicano desde el mismo siglo XIX. De la oposición a las primeras reformas liberales de la década de 1830 hasta la Guerra Cristera (o cristiada) contra el gobierno postrevolucionario del siglo XX (1926-1929), estos campesinos armados y conservadores llamaron la atención de historiadores como Enrique Olavarría, José M. Vigil, Ciro B. Ceballos o Alfonso Toro. Para ellos, y muchos más, se trataba de bandidos, bárbaros y retrógrados que eran manipulados por el clero católico a su conveniencia. La historiografía sobre la revolución mexicana, tanto la de corte oficialista-nacionalista como la revisionista de tendencia marxista, reforzó aún más esta idea al enfrentar al campesino católico conservador con el ejemplo del campesino revolucionario, zapatista y agrarista. Más que comprender el fenómeno del conservadurismo campesino en México, esta historiografía se limitaba a denostarlo, a tratarlo como un hecho anómalo en el conjunto general del desarrollo histórico.

Los primeros intentos por entender el conservadurismo campesino vinieron de la mano con la aparición de una historiografía con dimensión regional y particularista, opuesta a la nacionalista generalizadora. Luis González con Pueblo en vilo (1968) y Jean Meyer con La Cristiada (1973-1975), pusieron las bases para comprender el porqué hubo (y hay) dinámicas en las sociedades regionales que parecen ir a contracorriente de la política nacional. Una de las primeras conclusiones de estos historiadores es que, más allá de la vinculación de los grupos campesinos y de pequeños propietarios rurales con el clero, la propia lógica interna de desarrollo de estas sociedades (su relación con el trabajo, la tierra, la economía y sus creencias) es la que las hacía conservadoras y tradicionales. Años más tarde, los estudios de Florencia Mallon, Peter Guardino o Mary K. Vaughan nos han ofrecido una mirada más amplia sobre el conservadurismo campesino y sus expresiones políticas frente al Estado. El enfrentamiento de estos grupos con las políticas del gobierno central adquirió otra lógica explicativa, y todo indicaba que el conservadurismo campesino tiene raíces que se remontaban a mucho más de un siglo de distancia.

Benjamin T. Smith se inserta conscientemente y de manera crítica en esta historiografía cuando nos ofrece un recorrido por la historia de una sociedad rural compleja (campesinos, indios, rancheros) de una región del sur del México central (la Mixteca baja), a lo largo de dos siglos (1750-1962). Smith nos recuerda que los habitantes de esta región rechazaron el reparto de tierras que intentaron hacer los zapatistas; por ello, muchas localidades campesinas de la Mixteca fueron quemadas y arrasadas por los revolucionarios. La memoria popular de los acontecimientos aún se aprecia el día de hoy en la narrativa de los murales del museo comunitario de Tequixtepec (Oaxaca).

Smith propone un acercamiento metodológico que está presente a lo largo de todo el libro: adaptar el concepto de economía moral de E. P. Thompson y de James Scott, que permite explicar las relaciones dialécticas entre las elites y las no-elites regionales en sus niveles económico, social y cultural. Pero como el componente cultural religioso adquiere, en este caso, un lugar preponderante, es necesario utilizar un modelo de cultura religiosa regional que integre también las relaciones entre la sociedad campesina y la institución eclesiástica. No es extraño, por lo tanto, que en vez de economía moral Smith hable de una economía espiritual. Finalmente, es necesario ahondar en el análisis de la política popular para entender la dinámica de las relaciones entre la formación social regional y la política del Estado.

A lo largo de los seis capítulos que componen el libro y en una narrativa cronológica que arranca en la época colonial, Smith delinea las intrincadas relaciones entre los aspectos económicos, sociales y culturales de la región; explora la conformación de la religiosidad popular y su conexión con la vida económica y las relaciones sociales. La magistral utilización de fuentes documentales heterogéneas (archivos nacionales, estatales, privados) le permite abundar en detalles y tejer una urdimbre densa.

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Puedes consultar también la versión en inglés de esta reseña publicada en: Hispanic American Historical Review, 95:4 (November 2015), pp. 678-679. En la versión on line con el doi
 10.1215/00182168-316157.

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